Carta abierta a quien se dé por aludida:

1 jun

Hola:

Si estás leyendo esto es por dos razones: o porque sueles leer todas mis letras, o porque crees realmente que esta entrada tenga algo que ver contigo. Si es la primera, hola de nuevo. Encantado de volver a verte. Si es la segunda razón…seguramente esta entrada sea para ti.

Han sido unos meses largos, muy largos. Parece que fue ayer cuando el año dio comienzo y yo tragaba las uvas en un apartamento de la playa y ahora estamos a las puertas del verano. Sin embargo han sido unos meses que de no haber existido puedo afirmar casi con total seguridad que no habría pasado nada del otro mundo.

En estos cinco meses hemos dejado de ser lo que éramos. Comencé el año con un “Para siempre”, un “Quiero un 2012 contigo” y un “Te prometo que estaré ahí”. Y ahora el para siempre pende de un hilo, el 2012 contigo duró cinco días y el te prometo fue roto de buenas a primeras o malinterpretado cambiando sus palabras y significados.

Seguramente a estas alturas ya sabrás que es cierto, esta entrada va para ti, que te has identificado con mis letras. Sólo quería decirte que sé que hace semanas, o meses, que dejé de ser parte de las tuyas. Sin embargo sigo leyéndolas con ansia esperando que al menos una sola de ellas se acuerde de mí, de esa persona que te dijo que te quería, de ese chico de ojos tristes y sueños inmensos que quiso mostrar como el mundo podía ser un sitio mejor tan sólo con cerrar los ojos.

Te pido perdón si las cosas no han acabado como ninguno de los dos querría. Puede que nos dijéramos un “será como siempre” o tal vez todo lo contrario. Pero hoy día puedo afirmar que nada es igual a como lo era antes. O no quieres dar señales de vida, o puede que otra persona ya me haya sustituido. Sin embargo te digo y te confieso que sigo pensando en ti. Sí, sabes que me refiero a ti, porque lees mis letras y sabes que van por ti, por nuestros momentos, por nuestros minutos robados o por cada una de nuestras conversaciones, tanto al teléfono, como por Twitter o en persona.

Ha acabado el quinto mes del año y sin embargo parece que aún estemos en vacaciones de Navidad, porque el tiempo es tan caprichoso que se estira y se contrae a su antojo, no al nuestro.

Sabes que aún te echo de menos, porque soy una persona a la que le gusta saber que la gente está ahí cuando se la necesita. Sabes que sigo necesitándote como antes lo hacía. Sabes que si pudiera volvería a repetirlo todo, a pesar de saber como acaba. Sabes que sigues siendo mi inspiración. Sabes que te diría “te quiero” todos los días, porque es cierto. Sabes que volvería a viajar contigo, porque los viajes a tu lado son inolvidables. Sabes que juraría cada “para siempre”, porque por una vez fue sincero.

Sabes que sigues siendo parte de mis letras. Que te echo de menos y que daría todo lo que tengo porque todo fuera como antes. Te quiero.

Miguel Frutos Cernuda

Despedidas

27 may

Miró su reloj: las cinco y cuarto. Aceleró el paso y giró en la tercera calle. Llegaba tarde, así que no se demoró más de lo necesario y entró en el Jazz club sin fijarse siquiera en las grandes cristaleras. Al llegar sólo vio a Víctor que estaba en la barra repasando copas con la mirada perdida en algún punto desconocido. La expresión de su cara dejaba ver que no había dormido casi, y su mente daba la impresión de estar a kilómetros de distancia. Echó un par de vistazos a la estancia, pero era cierto, no había nadie más.

Entonces cayó en la cuenta de que estaba sonando por el hilo musical la canción Lay Down de Natasha Bedingfield. Víctor levantó la mirada y después de parpadear unas cuantas veces para no llorar le extendió la mano en la cual había una carta. Sin saber qué hacer, se sentó en uno de los sofás y comenzó a leerla.

Londres, dos de abril del dos mil doce.

Querido Patrick:

Sé que esta es una forma cobarde de acabar con todo. Que debería plantar cara y hablarte mientras te miro a los ojos. Pero no creo que sea capaz de hacerlo nunca, por ello he escrito estas líneas. Te pido perdón anticipadamente por lo que te pueda afectar esta carta, si hubiera una forma menos dolorosa ten por seguro que la habría usado.

Todo tiene que acabar ya. No aguanto más. Lo siento en el alma, pero no soy lo que esperabas. No soy más que la idea de lo que tú querías que fuera. Nunca pensé que te enamorarías de alguien como yo. Jamás se me habría pasado por la cabeza. Puede que pensaras que en un principio yo te correspondería, y si es así vuelvo a pedir perdón por esas esperanzas, pero es que no siento lo mismo y no puedo dejar que sigas aumentando tus expectativas conmigo para que llegado el momento todo el mundo que has creado en tu cabeza se caiga. Prefiero acabar con todo de raíz y que así no te duela tanto llegado el momento.

Sé que te tendría que haber dejado claro todo esto desde un principio, pero es que estuve mientras me necesitaste. Mientras llovía tanto en tu interior que tus ojos reflejaban tu propia tormenta. Conseguí que volvieras a sonreír. Que volvieras a soñar y que volvieras a creer en un mundo mejor.

Espero que te quedes con lo último que he dicho. Conseguí scar de ti todo lo bueno que pude. Mi tiempo ya se ha acabado. Y, te lo repido , siento en el alma que esto tenga que acabar así. Ojalá hubiera sido todo distinto.

Espero verte en un futuro, cuando las cosas sean distintas, cuando seamos otras personas.

Monica Faith.

Cuando acabó de leer la carta, dos lágrimas rodaron por sus mejillas. Mientras tanto, Víctor seguía con la mirada perdida en aquel punto infinito.

Una copa de vino a medianoche

27 abr

Llegó agotado a su casa. El trabajo había sido demasiado duro ese viernes. Monótono, pero muy duro. Nada más atravesar el umbral de la puerta suspiró, dejó el maletín en el mismo recibidor y comenzó a deshacerse de todas las capas de ropa que llevaba. Se descalzó más mal que bien, sus calcetines volaron hacia la cocina. Colgó la chaqueta del traje y el pantalón del mismo en su percha del armario, se quitó la corbata como pudo, y comenzó a desabrocharse la camiseta.Ya casi desnudo como estaba fue a buscar un pantalón cómodo y una camiseta básica. Era como mejor estaba en casa, nada de formalismos, nada de etiquetas.

Vestido “de interior”, como él llamaba a esa ropa, se acercó a la cocina y cogió una copa. Abrió la nevera a ver si había vino blanco en frío, pero sólo había una botella de cava sin descorchar, así que desechó la idea y fue a la búsqueda de una botella de vino tinto que reposaba en su bodega particular que no tardó mucho en encontrar. Le quitó el tapón de corcho y llenó la copa hasta la mitad. Después de ello, cogió su libro preferido y puso en el reproductor de cedés un disco de Mike Oldfield cuyo título rezaba “Voyager”. Abrió el libro de Haruki Murakami y se puso a beber a pequeños sorbos mientras disfrutaba del viaje que esa música y el libro le hacían imaginar.

Se despertó por un trueno que sonaba en la lejanía. Eran las tres de la mañana, la copa estaba vacía, el disco había dejado de sonar hacía tiempo y el libro descansaba sobre su pecho. Pensó en llamar a Alyx o a Víctor, pero a esas horas…¿quién le iba a coger el teléfono sin enfadarse o pensar que era una mala noticia?

Dejó pasar algunos minutos muertos y, tras no pensar en nada en concreto, se metió en la cama dispuesto a que Morfeo le diera una tregua esa noche. Lo que desconocía era que si la hubiera llamado en el mismo instante en que lo pensó, le podría haber salvado la vida. Pero una vez se tapó con la sábana, fue demasiado tarde.

Si hay pistola, debe dispararse

24 abr

He acabado deleer hoy mismo un libro que me ha llamado la atención. Pertenece a un autor que me cayó en gracia desde la primera vez que lo leí. Hablo de Haruki Murakami, escritor japonés cuyas obras como “Kafka en la orilla” o “Al sur de la frontera, al oeste del Sol” me han sabido remover por dentro y cambiar (aunque sea un poquito) mi forma de ver el mundo. 1Q84, la novela que he leído en esta ocasión y de la cual aún tengo que leer el tercer tomo, no ha sido diferente. Y de entre las miles de frases hay una que se repite un par de veces en el libro y que llama fuertemente la atención.

Como le cita Tamaru a Aomame, os la cito yo a vosotros:

Cuando en una historia aparece una pistola, ésta debe ser disparada. Ése es el sentido de la historia.

Frase dicha por otro escritor, Chéjov, del cual se dice que nunca añadía nada a sus escritos que no fuera necesario. De ahi la frase, si aparece una pistola, debe ser disparada, porque en caso contrario no necesita tener su protagonismo en la historia.

¿Que a santo de qué viene esto? Es sencillo, pasando la frase a la vida real se puede deducir que en tu propia historia no entra ninguna persona (ni sale, todo sea dicho) sin una razón. Por tanto cualquier persona que te cruces en el camino tendrá su papel establecido y, tarde o temprano, cobrará el protagonismo que necesita. Como con las pistolas, a veces sirven para hacer el bien y otras todo lo contrario. Pero nada cambia si no tiene un futuro papel en la obra de tu vida.

Porque, si lo piensas, la vida per se no tiene que añadir ni eliminar nada que no sea necesario e insustancial para la historia. Bastante ocupada está en otras cosas.

Ya basta.

21 abr

Me dueles. Mucho. Lo admito. Eres, echando la vista atrás, la peor espina que podía haberse clavado en mi alma. Y no sólo por cómo te fuiste, sino por todas las mentiras que dijiste cuando aún estabas en mi vida. Todas y cada una de tus palabras que se han quedado tatuadas en mi mente. Todas las canciones que me hacían pensar en ti lo siguen haciendo, es algo obvio y más después del poco tiempo que ha pasado desde que decidiste marcharte. Todas las gotas de lluvia a las que le puse tu nombre y que cada vez que rozan mi cara me recuerdan a ti seguirán cayendo mucho tiempo, porque cuando tatúas el nombre de una persona en tu alma es cuando más duele su ausencia.

Pero…llega un momento en el que caes al suelo. En el que ves que más allá del asfalto no hay nada más. En ese momento miras hacia arriba y te das cuenta de que a través de las nubes se adivinan algunas estrellas. Estrellas que invitan a soñar con cielos en los que la lluvia es distinta. En los que la tormenta pasa para dar paso a noches de verano y mañanas de primavera.

Supongo que aún tengo que andar un gran trecho bajo esta tormenta que ya se me antojaba eterna, pero una fina línea de sol ha comenzado a aparecer entre el horizonte de rascacielos grises de esta húmeda y sombría ciudad. Y me caeré en los charcos, y querré revolcarme en el barro con tal de no levantarme. Me aferraré a las nubes que ya conozco aunque sepa que las de otras ciudades son más blancas y esponjosas. Porque al ser humano le gusta sufrir. Pero poco a poco, con cada día que pasa, cada paso que doy, me acerca más a mi meta. Al olvido. A la redención. A la felicidad.

La cuarta vez

15 abr

Lunes, dieciseis de abril del dos mil doce. Pasan veintitres minutos de las doce de la noche. En la calle hay una temperatura de doce grados. El cielo está parcialmente cubierto. En iTunes suena ahora mismo “The one that got away” de Katy Perry. Pertenece a una lista de reproducción que creé hace tres días, llamada “Tormenta”.

Es la cuarta vez que me pongo a escribir, ya que las otras tres cerré directamente la página a mitad de entrada, porque las palabras no querían salir. Es la cuarta vez que intento que mis manos destilen esas palabras que por la boca no me salen. Ahora suena por los altavoces “Soulmate” de Natasha Bedingfield. Se me van las ganas de escribir por cada poro de mi piel. El sueño desaparece y mis cielos dejan de ser azules para pronosticar lluvias. “Mañana será otro día”, dicen. Resulta lógico, aunque yo estoy viviendo el mismo día desde que te fuiste. Vivo en un constante y estúpido día de la Marmota. Me despierto. Desayuno un cuenco de cereales de chocolate con leche y un vaso de zumo de naranja.

En este momento le toca el turno a Melanie Fiona y su “4 AM”. Me hacías escribir. Me inspirabas. Llenabas mi cabeza de sueños, de historias, de cafés y de rosas.  Ahora sólo quedan bares vacíos, discos que no suenan y flores marchitas.

No sé por qué, y confieso que, en el fondo, me asusta saberlo, pero lo necesito. Aunque sé que tú nunca leerás mis letras. Que no responderás mis mensajes. Que no aceptarás mi presencia. Porque pertenezco a esa parte de tu pasado que tratas de borrar con el olvido.

Es la cuarta vez que intento escribir una entrada (para acabar se oyen los acordes de “Lay down” de Natasha) y en concreto es de las que leeré en un futuro y odiaré. Pero es lo único que sale de mis manos. Son las únicas palabras que mi alma quiere que ponga por escrito. Soy lo que tú has querido que sea.

Lunes, Lunes, dieciseis de abril del dos mil doce. Pasan cincuenta y nueve minutos de las doce de la noche.

Una sola vez

2 abr

Lo único que se oye por la calle un lunes a las tres de la mañana es el silencio. El silencio y tus propios pensamientos. Y no es algo excesivamente agradable.

Una persona me dijo hace años, aún no tenía excusa para afeitarme, que perdonara a la gente. Yo escuché esa frase y murmuré algo como que eso se aprende en catequesis. Pero esa persona me dijo algo más después. Me dijo que perdonara a la gente, sí, pero sólo una vez. No le vi ningún sentido.

No pude comprender el por qué de perdonar a alguien sólo una vez. O se le perdona siempre, o no se le perdona nunca. Él sólo añadió a su escueto consejo que lo comprendería con los años.

Y los años ya han pasado, y con ellos la vida. Y con ella la experiencia. Y con la experiencia el consejo se ha vuelto ley.

Puedes confiar en una persona. Puedes volver a confiar después de alguna acción que haya merecido tu desconfianza. Puedes perdonar e, incluso, olvidar (o al menos poder vivir tranquilamente con el recuerdo). Pero como vuelva a pasar, no perdonas. No olvidas.

Lección de vida número tres.

Hay pensamientos y recuerdos que sólo vienen a la cabeza dando un paseo por la ciudad un lunes a las tres de la mañana con el silencio como compañero.

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